Dime cómo evalúas y te diré qué tipo de profesional y persona eres

La evaluación es un fenómeno que permite poner sobre el tapete todas nuestras concepciones. Más que un proceso de naturaleza técnica y aséptica es una actividad penetrada de dimensiones psicológicas, políticas y morales. Por el modo de practicar la evaluación podríamos llegar a las concepciones que tiene el profesional que la practica sobre la sociedad, las instituciones de enseñanza, el aprendizaje y la comunicación interpersonal.

Se dice que por las afueras de la ciudad de Edimburgo paseaba un individuo excéntrico que se entretenía en preguntar a la gente:

– ¿Usted está bien de la cabeza?

Las personas solían contestar desconcertadas. pero seguras, que sí, que estaban cuerdas. Pero él seguía con su interrogatorio:

– ¿Me lo puede acreditar?

La respuesta de los interpelados se cargaba de asombro. No sabían cómo podía acreditarse, así de pronto, esa respuesta afirmativa. Pero él decía:

– Pues yo sí lo puedo acreditar de forma inequívoca.

Y sacaba de su cartera un documento que decía en su cabecera: Certificado de alta del manicomio.

Es decir, que es el título y solamente el título quien acredita, en una sociedad, que se han adquirido determinados saberes o de que se poseen ciertas destrezas. De ahí su importancia.

Cuando hacemos referencia a evaluar al alumnado, ¿qué es lo que realmente queremos decir?

Empezaremos compartiendo lo que realmente suele suceder a nuestro equipo de profesionales cuando impartimos los talleres demandados en los institutos solicitados.

Cuando llegábamos a la clase de 4º E.S.O lo primero que nos preguntaban los alumnos era, ¿este taller es obligatorio?, ¿cómo se evalúa?, ¿qué hay que hacer para aprobarlo y sacar nota?

Y os preguntamos, ¿os sentís identificados con estas preguntas de los alumnos de 4º E.S.O? , ¿ qué creéis que está pasando aquí?

Analizando esto nos damos cuenta que a la mayoría de los alumnos  y alumnas se les ha transmitido la creencia y el concepto de que evaluar es adquirir unos conocimientos que deben plasmarse por medio de exámenes y se califica mediante una nota numérica. Nuestro equipo socio-educativo comparte la definición de M.A. Santos Guerra (2007) acerca de la evaluación. Para Santos Guerra y al igual que para nosotros la evaluación no es la adquisición de conocimientos aislados, sino que la evaluación es un acto de aprendizaje, evaluar es comprender el aprendizaje.

Por lo tanto la evaluación no es la mera adquisición de conocimientos, sino que la evaluación es un proceso que está formado por la capacidad crítica, la reflexión, las opiniones, la creación, actitudes.

Ahora bien partiendo de la línea de M.A. Santos Guerra, nuestro equipo creó necesario hacerse unas cuestiones acerca de qué van a evaluar.

Con la evaluación pretendemos que el alumnado comprenda, por lo tanto nuestro equipo nos centramos en evaluar en los diferentes talleres:

  • Actitud de los alumnos
  • Motivación de los alumnos mediante la participación en clase y asistencia
  • Su capacidad crítica y reflexiva
  • Su actitud indagadora con las diferentes temáticas de los talleres, etc.

Pensamos que la evaluación es un proceso continuo, y la solemos usar como herramienta de aprendizaje. Independientemente de cómo se haga, la evaluación desempeña una serie de funciones:

  • Evaluación como diagnóstico: La evaluación permite saber, entre otras cosas, cuál es el estado cognoscitivo y actitudinal de los alumnos.
  • Evaluación como selección: La evaluación permite al sistema educativo seleccionar a los estudiantes. Mediante la gama de calificaciones, la escuela va clasificando a los alumnos.
  • Evaluación como jerarquización: La capacidad de decidir qué es evaluable, cómo ha de ser evaluado y qué es lo que tiene éxito en la evaluación confiere un poder al profesor. Un poder legal, no siempre moral. Lo cierto es que la evaluación opera como un mecanismo de control.
  • Evaluación como comunicación: El profesor se relaciona con el alumno a través del método, de la experiencia y de la evaluación. Esta comunicación tiene repercusiones psicológicas para el alumno y para el profesor. El alumno ve potenciado o mermado su autoconcepto por los resultados de la evaluación.
  • Evaluación como formación: La evaluación puede estar también al servicio de la comprensión y, por consiguiente, de la formación. La evaluación permite conocer cómo se ha realizado el aprendizaje (Santos Guerra, 1989). La evaluación formativa se realiza durante el proceso (no sólo está atenta a los resultados) y permite la retroalimentación de la práctica.

Relacionando estas funciones con el desarrollo de nuestro Programa, podemos decir que nos hemos basado sobre todo en una evaluación como diagnóstico (al aplicar un pre-test al alumnado para valorar sus conocimientos previos sobre el tema a tratar) y en una evaluación como formación (pues hemos aplicado diferentes técnicas a lo largo del desarrollo del Programa; como por ejemplo: observación sistemática y directa, asistencia y participación en clase, diarios de clase, etc.). Hemos considerado que tiene especial relevancia realizar una evaluación final, transcurridos unos meses tras la aplicación del Programa, para comprobar si el aprendizaje ha sido significativo y la eficacia del mismo.

La realización de este Post ha supuesto que nos replanteemos el concepto de evaluación, ya que debemos tener en cuenta que si cada alumno tiene un estilo de aprendizaje, tendremos que adaptar el proceso de evaluación a cada caso concreto. Relacionado con lo dicho, destacamos la siguiente cita:

“Todos somos genios, pero si le pides a un pez que trepe a un árbol pasará su vida sintiéndose estúpido”

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¿Qué queremos decir cuando hablamos de “evaluación”?

En las siguientes líneas vamos a tratar de dar respuesta a esta pregunta centrándonos en cinco ideas principales. En primer lugar vamos a tener en cuenta la contextualización de la evaluación, para a continuación analizar la evaluación como acto de comunicación así como la evaluación basada en el consenso. Además comentaremos la diferencia entre calificación y evaluación y por último, reflexionaremos acerca de la importancia de la justicia y equidad en la evaluación y algunos efectos secundarios de ésta en el alumnado.

Para comenzar, nos gustaría señalar la siguiente afirmación que Santos Guerra nos ofrece sobre la evaluación:

Planteada de forma negativa, realizada en malas condiciones y utilizada de forma jerárquica, la evaluación permite saber pocas cosas de cómo se produce el aprendizaje y, pocas veces, sirve para mejorar la práctica y, desde luego, el contexto y el funcionamiento de las escuelas. (SANTOS GUERRA, 1995)

Dando respuesta a la pregunta sobre a qué nos referimos al hablar de educación,  debemos decir que nosotros basamos la evaluación según las características que defiende Santos Guerra (1995) en su obra “La evaluación un proceso de diálogo, comprensión y mejora” . Dichas características son: Independiente (que no está sometida o vendida al poder) y comprometida con unos principios y valores; el evaluador tiene que estar comprometido y no ser aséptico;  cualitativa y no meramente cuantificable; práctica y no meramente especulativa, es decir,  la finalidad debe ser mejorar; democrática y no autocrática; procesual y no meramente final; participativa, no mecanicista; colegiada no individualista;  y debe ser un proceso realizado en equipo, ya que si se hace en equipo existe el contraste y la pluralidad de enfoque.

Es importante, tener en cuenta varios aspectos clave a la hora de plantear una evaluación. Tal y como afirman Muzás, Blanchard, Jiménez y Melgar (2002) en el libro “Diseño de diversificación curricular en secundaria” debemos tener presentes algunas premisas como:

  • “Qué evaluar”: es necesario determinar unos criterios de evaluación desde las áreas, formulados como exigencias mínimas para el desarrollo de las capacidades.

  • “Cómo evaluar”: optar por unos procedimientos e instrumentos de evaluación que se adapten a las posibilidades y capacidades del alumnado, como por ejemplo actividades diarias de clase, unidades didácticas con finalidad evaluativa, etc.

  • “Cuándo evaluar”: deberíamos asegurar la existencia de una evaluación inicial, una evaluación formativa y una evaluación final.

A la hora de llevar a cabo la evaluación es elemental compartir un código de comunicación en las relaciones humanas, para realizar cualquier acción, aún más si hablamos de los procesos educativos. Para ello podemos utilizar dinámicas como la de la “La letra T”, en la que se reparten piezas de un puzle a dos personas, a una se le ofrece el puzzle montado en forma de T y a otra desmontada. La persona que tiene el puzle montado ha de explicarle a la otra solo de forma oral cómo armar su puzle, pero hay un problema, las piezas de los puzles no son del mismo color por lo tanto no tienen un código de comunicación común para armar el puzle, a pesar de tener la misma forma. Aquí nos damos cuenta de la importancia que tiene compartir el código de comunicación.

En el caso de la evaluación, los profesionales que han de hacerla tienen que compartir el código, tienen que llegar a un consenso sobre lo que quieren decir cuando hablan de evaluación, para llegar a un buen puerto. Normalmente, cuando se habla de evaluación los profesores la interpretan como un proceso de medida para ejercer su control hacia el alumnado, y el alumnado la considera una herramienta de presión. Tal y como se observa en la cita que inicia este post, la evaluación es un arma muy poderosa, pero al malinterpretar su uso en lugar de ser un medio para mejorar la práctica educativa, el contexto o el funcionamiento de la escuela, se convierte en una herramienta de control. Esto hace que tanto alumnado, profesorado y familias sientan recelo al oir hablar de un proceso de evaluación. En los centros educativos actuales parece que el docente da más importancia a la educación como una forma de controlar, como una forma de establecer las normas. De manera que los alumnos sólo piensan en superar las asignaturas, además, cuando de su nota dependen otros factores como la matrícula, la beca, etc., se incrementa un valor más al triángulo, las presiones del sistema. Cada persona debe ser consciente del valor que tiene aquello que aprende, más allá de las calificaciones que se obtenga. La interpretación de la evaluación que hagan los agentes educativos dependerá de los códigos que se usen para comprenderla, es sobre ellos donde recae la responsabilidad de darle más importancia al valor de uso o al de cambio.

Al igual que la mayoría de decisiones que tomamos en la vida, la evaluación también depende mucho de cada persona, siendo por tanto, en muchos casos, una acción subjetiva que depende del consenso de todos los agentes de la comunidad educativa. Tanto el profesorado como alumnado y familias están en el mismo equipo, por lo que se debe tratar de compartir los criterios para comprender la evaluación de la misma forma, diferenciando evaluación de calificación, ya que esta última sirve para seleccionar, comparar y medir, no para mejorar. Con de mejorar, nos referimos a avanzar con respecto a nosotros mismos no con respecto a los demás.En este punto es necesario dejar clara la diferencia entre la evaluación y la calificación. Cuando hablamos de calificación nos referimos a una puntuación, a una medida que nos demanda la administración por imperativos legales y por unas trayectorias culturales que tenemos interiorizadas. Sin embargo, la evaluación es mucho más, es un seguimiento continuo del proceso de enseñanza-aprendizaje del alumno/a, y es este seguimiento, esta evaluación, la que también nos sirve para poder llevar a cabo una calificación. La tarea de evaluar al alumnado a través de una evaluación continua, requiere de más tiempo y dedicación por parte del profesorado que la calificación. En ocasiones el docente no dispone de la formación y de las herramientas necesarias para realizarla, por ello cuando no consigue llevarla a cabo se frustra y acaba repitiendo ese proceso de calificación, el cual ha tenido presente desde sus vivencias como alumno/a.

Para hablar de mejora, en este caso, la opinión de las familias es fundamental. No debemos olvidar el gran papel de éstas en relación con la educación del alumnado de diversificación. La información que las familias nos puedan dar con respecto a sus hijos/as y a sus hábitos de estudio es elemental a la hora de realizar una evaluación completa y procesual.

Además, hay otros aspectos a tener en cuenta cuando intentamos evaluar, una idea interesante es la justicia y la equidad, ¿Significan lo mismo ambos términos? ¿Qué les diferencia? Cuando hablamos de evaluación si abogamos por la justicia deberíamos dar lo mismo a todos, para no beneficiar a unos y perjudicar a otros, pero ¿podemos hablar de justicia en educación? En cambio, si hablamos de equidad estamos haciendo referencia a que todos tengan las mismas posibilidades, dar el empujoncito necesario a cada uno de los alumnos, en este caso la evaluación solo intenta igualar las condiciones de partidas. Por lo que podríamos decir que la evaluación ha de hacerse en función a uno mismo, valorando el trabajo realizado dentro de sus posibilidades, pero eso no facilita la labor, la dificulta más si cabe. Para que esto se dé es necesario que el docente no sólo posea todo el conocimiento, sino que además sea capaz de analizar la información que tiene en su mano, extraer lo importante y transmitirla.

Por otro lado, hay algunos efectos secundarios en la evaluación como el Efecto Pigmalión o de Profecía auto-cumplida, basada en que si le hacemos creer a alguien que es capaz de hacer algo finalmente será capaz de hacerlo aunque, en un principio, no tenga las herramientas para ello. El problema es que este efecto también funciona al contrario, en situación en las que personas son totalmente capaces de llevar algo a cabo y no lo consiguen porque se les ha hecho creer que no podrían. Esto es lo que en muchas ocasiones sucede en diversificación, si los docentes etiquetan al alumnado con ciertas carencias y no le anima a esforzarse, las familias y el mismo alumnado creerá que no es capaz de lograrlo, acomodándose a conseguir lo mínimo aún pudiendo alcanzar mucho más. Por ello, todos los agentes educativos deben apoyar al alumnado, ofreciéndoles herramientas para que potencien sus capacidades, sin necesidad de llevarlos al ‘aula de diversificación’ donde se pueden sentir excluidos.

Además, en el libro “Las ranas y el efecto Pigmalión” se habla del proceso de enseñanza-aprendizaje como un proceso de ayuda mutua. Es decir, tanto alumnos/as como profesores forman parte del proceso y pueden aprender los unos de los otros, para enriquecerse y mejorar cada día como personas y como profesionales. La evaluación forma parte de ese proceso de enseñanza-aprendizaje, por lo tanto, debemos llevarla a cabo de forma conjunta como una herramienta de mejora y enriquecimiento mutuo.

La evaluación como herramienta de aprendizaje

Medir, calificar, diagnosticar, comprender, comprobar, reorientar, motivar, valorar… ¿Podemos decir que todos estos términos son sinónimos de evaluación? Quizás algunos más que otros se orientan hacia el camino de la misma, entendiendo evaluación (desde el ámbito profesional), como el medio que nos proporciona aprendizaje y reflexión de nuestro trabajo y prácticas educativas, pero nunca como vía de juicio de nuestros educandos.

Cuando hablamos de evaluar surgen varias discrepancias, como evaluación a través del diagnóstico, de la observación, el diálogo y la comprensión hacia quienes evaluamos, o por otra parte, se puede asociar evaluar con juzgar, calificar y sancionar, entre otros aspectos. Como profesional de la educación, ¿desde donde te posicionarías? Nosotras somos partidarias de una evaluación orientada hacia la detección de capacidades y necesidades de quienes evaluamos, donde no solo se tenga en cuenta a la persona sino a las influencias ambientales que recibe de su contexto. En este proceso, pueden estar inmersas miles de técnicas, ya sea la observación, el diálogo o cualquier otra relevante para nosotros, pero en este camino nunca se debe obviar el gran objetivo que pretendemos alcanzar a través de la evaluación: Mejorar.

En esta línea, hacemos referencia a M.A. Santos Guerra: “La evaluación puede concebirse y utilizarse como un fenómeno destinado al aprendizaje y no sólo a la comprobación de la adquisición del mismo. No es el momento final de un proceso y, aun cuando así sea, puede convertirse en el comienzo de un nuevo proceso más rico y fundamentado”.  En la mayoría de ámbitos en los que nos movemos, somos “evaluados” para medir nuestro rendimiento a través de pruebas, relacionándonos en su mayoría con un número y realizando evaluaciones finales y sumativas, que más bien podrían llamarse calificaciones. Todo esto nos hace estar sometidos a ansiedad y a una tensión constante por querer llegar al nivel exigido, y en consecuencia a la frustración personal si no lo alcanzamos. Evaluar no es precisamente esto. Para nosotras es una herramienta de aprendizaje, cuyo objetivo final no es la calificación numérica, sino alcanzar ese nuevo saber por parte no sólo de quien es enseñado sino de nosotros mismos, para ser capaces de pararnos a reflexionar sobre “qué hemos aprendido”, “qué tenemos que mejorar”,”con qué dificultades me he encontrado y como superarlas”.

Ahora bien, ¿cómo evaluamos a menores que están internados en centros cerrados? ¿Qué pretendemos con este proceso evaluativo en concreto?

Nuestro objetivo educativo en este contexto se fundamenta en ofrecer alternativas de vida, que proporcionen al menor nuevas herramientas y estrategias para poder llevar una vida sana y próspera en cualquier contexto. Para ello, debemos valernos de una evaluación inicial, procesual y final, orientada a:

1- Valorar la situación inicial del menor (problemas de estructura familiar, carencias socio-afectivas, tipo de conductas, estado de salud y posibles conductas adictivas…y todos aquellos aspectos que puedan a priori impedir la reinserción social del chico o la chica). También es importante conocer al menor en torno a sus potencialidades, gustos e intereses así como expectativas respecto a su vida: Formación, familia y trabajo. Para ello, podemos emplear una entrevista inicial con el menor una vez entren al centro para que nos ayude a guiar nuestra intervención.

Además, en esta etapa inicial, creemos conveniente que el menor se implique con un compromiso personal (a través de contrato comportamental) que implique la aceptación de evaluaciones mensuales a través de un sistema de comité formado por los propios educadores, que tengan en cuenta los informes semanales y partes diarios de comportamiento. Esto nos permitirá ir adecuando nuestro proyecto educativo y solucionar los problemas que vayan surgiendo.

2- Evaluación del proceso: Este proceso debe realizarse de forma objetiva y sistemática, sin ser sancionadora o controladora, sino que debe servir para comprobar los progresos del menor (que el mismo vaya siendo consciente) y la eficacia de nuestra actuación. Por ello, a nuestro modo de ver, una adecuada intervención sería que tras realizar las diferentes actividades se establezcan asambleas de la sesión, donde cada uno exponga qué ha aprendido y qué le gustaría haber tratado, así como posibles sugerencias para la próxima sesión. Se pretende que los jóvenes sean participes en el conocimiento de su propio aprendizaje. Asimismo, se irá valorando el progreso sucesivo en la vida diaria del centro, viendo posibles problemas, nuevas necesidades y avances. Por ejemplo, si se ha trabajado la alimentación saludable, se observará cómo aplican poco a poco ese nuevo conocimiento hasta que lo integren como suyo, propio, atendiendo a las dificultades que pueden producirse.

3- Evaluación de los resultados: Nos encontramos en la fase final del proyecto educativo. Esta fase debe enlazarse con la anterior, ya que durante todo el proceso debe haberse recogido información que valore de forma progresiva al menor. Es aquí cuando podrá contrastarse la situación inicial del joven con la actual, de forma que nos permita ajustar nuevas actuaciones y valorar si se encuentra en condiciones de comenzar a tejer una nueva vida, su vida.

Por último, cabe añadir que en todo este camino y trabajo se establecerá una metodología que permita tomar contacto y evaluar dentro de un clima de confianza, donde los jóvenes puedan expresarse en base a sus percepciones, creencias y expectativas. Nuestro objetivo es ir conociendo qué aspectos del proceso y resultados van teniendo mayor acogida en su interior y por qué, realizando además un proceso de autoevaluación en relación a la eficacia de nuestro programa educativo.

La dificultad de evaluar: un ejemplo práctico en el aula

Aunque aparentemente los principios a la hora de pasar a la valoración, de un programa o dinámica,  están bien delimitados y definidos sin dar pie a confusiones,  esto no siempre es así a la hora de aplicarlos en la práctica cotidiana. Como ejemplo ilustrativo, podemos tomar una dinámica que se realizó en clase hace unos días.

En esta dinámica se dividió al aula en dos grandes grupos y se les hizo entrega de una caja grande de palillos. Tras elegir a tres voluntarios de cada grupo para que actuaran de evaluadores (con ligeros matices en su rol),  y se les indicó una serie de normas:

–          Se disponía de cuatro minutos para que el grupo decida que figura o figuras se van a realizar

–          No se podía abrir la caja de los palillos hasta que se diera la orden de comenzar

–          Se disponía de diez minutos para la realización de la tarea.

–          Cuando finalizase el tiempo,  no podía quedar ningún palillo sobrante fuera de la caja.

A primera vista, nos puede parecer sencillo, pues pocas dudas quedan sobre qué es lo que exige la tarea; sin embargo, a la vista de las actuaciones de los grupos queda patente que nada más lejos de la realidad. Mientras que un grupo optó por la repetición de una única figura técnicamente compleja:

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El otro grupo, se organizó de forma que todos realizaran  diversas figuras desde la libertad de expresar sus propios gustos o intereses.

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Cuando se les pidió a los evaluadores que valoraran la ejecución de la tarea encontramos poco o ningún consenso. Mientras que uno valoraba la planificación del grupo, otro lo hacía con respecto a la intervención de todos  y cada uno de los miembros del grupo. Otro, lo hacía en función de la dinámica que se establecía y el clima del grupo y otro respecto a la cantidad y calidad de los resultados. Uno valoraba con 7, otro con 8,  y otro incluso con 10.

Esto nos lleva a reflexionar que, a la hora de exponer una tarea,  es sumamente necesario explicitar cuáles van a ser los criterios de la evaluación. Es un grave error, partir de la confianza en  el sentido común, asumiendo que todos compartimos los mismos principios. Como expone nuestro colega Miguel Ángel Santos en su blog (El Adarve), los procesos de evaluación y calificación llevan consigo una gran responsabilidad, dado el ejercicio de poder derivado de estos.

El profesor, como evaluador, no es una figura indiscutible e irrevocable, con un juicio sin objeción alguna posible. La evaluación es una interpretación sobre el proceso de aprendizaje del alumno, así, habrá profesores que evaluarían satisfactoriamente unos determinados resultados, mientras que otros no le otorgarían tanto éxito. De ahí los diferentes veredictos de los evaluadores en la práctica de los palillos.

Estamos de acuerdo en que la acción de evaluar presenta gran dificultad. Por ello, vemos conveniente recodar cual es objetivo derivado de la evaluación.  Entendemos que la finalidad  de evaluar es  verificar que el alumno ha aprendido un determinado concepto, competencia, destreza… derivado del proceso de enseñanza, aunque en ocasiones éste desarrolle su aprendizaje por medio de otras fuentes fuera del ámbito escolar.

Para eliminar esta situación de descompensación de poder entre profesor-alumno en la asignación de la calificación y favorecer  la comprensión y fijación de todos los  elementos que conforman la evaluación, establecemos como requisito fundamental propiciar la participación activa del alumnado en el proceso de evaluación. Con ello no se buscaría la mera acción de autoevaluarse y ponerse una nota por parte del alumno, sino, hacer consciente a éste del trabajo desarrollado, su actitud, sus conocimientos, su esfuerzo, etc. En definitiva, que valore si  ha aprendido o no.

Para ello, el diálogo es un elemento importante y clarificador durante el proceso de evaluación. Antes de evaluar es necesario establecer los elementos de elaboración de la tarea para así fomentar una mayor comprensión de la misma. Una vez  aclarado este estadio, vendría la presentación, estudio y aplicación de los criterios de evaluación; y por último, la justificación y consenso de los resultados. De este modo, consideramos que durante la práctica de los palillos no se establecieron los criterios de evaluación, dando por sentados que la comprensión de algunos aspectos de la tarea eran de sentido común por lo que no precisaban una aclaración más profunda. Aunque lógicamente esa era su intención como material ideado para favorecer una reflexión más intensa.

El diálogo y la discusión, producto de la activa participación del alumnado y profesor en el proceso de evaluación nos permitirá identificar los posibles errores u obstáculos que dificultarían el proceso de enseñanza-aprendizaje, como podrían ser: una definida metodología de enseñanza, dificultades en el aprendizaje o problemas fuera del ámbito intelectual como pudieran ser factores motivacionales.

Fomentar un clima de diálogo y la participación activa, en el aula, son elementos imprescindibles a la hora de realizar la acción evaluadora. Solo por medio del consenso de principios y criterios de evaluación, encaminados a la comprensión de la tarea, podremos ejercer nuestro criterio de calificación de la manera más justa y adecuada a las diferentes realidades o alumnos.

LA FAMILIA COMO AGENTE EDUCATIVO EN LA ESCUELA

En este artículo queremos plantear la necesidad y a la vez la dificultad de establecer un vínculo entre las familias del alumnado y el propio centro educativo. En primer lugar, la comunidad educativa, de manera general, sólo cuenta con los padres y madres para  dos momentos puntuales: “tu niño va mal” o “tu niño va bien”.

Un artículo de Silió (2012) El País refleja la realidad sobre la participación de las familias en la escuela:

Según el estudio La participación de las familias en la escuela pública (2008), de Jordi Garreta para la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (Ceapa), algo más de la mitad de las familias (el 57,5%) pertenece a la asociación. Pero a partir de ahí todo son cifras decrecientes: van a las actividades un 32%, a las reuniones un 18,3% y a la engorrosa organización un pírrico 4%. Tradicionalmente, en primaria la implicación en las AMPAS es mayor (…). Pero en secundaria a los padres les suele preocupar casi solo la evolución académica del niño.

¿Es esta interacción suficiente? ¿Es lógico que en la acción educativa esté ausente el pilar básico de un adolescente? Está claro que si hablamos de un grupo “normativo” y “que no da problemas”, la respuesta es muy fácil, familia y escuela orientan en la misma dirección y no existen discrepancias entre el mensaje de ambos agentes.

Incluso en este caso, la familia no participa en el entorno escolar y nos estamos perdiendo una gran experiencia enriquecedora.

Nuestra ética profesional debe obligarnos a intentar un acercamiento con el máximo de familias posibles, doblando nuestros esfuerzos a aquellos casos que sean menos accesibles. Para tratar con familias que tienen características determinadas, escaso interés en participar en la escuela y problemas “mucho mayores que atender a sus hijos e hijas” debemos desarrollar estrategias que nos permitan el éxito de esta interacción.

Una de las cosas más importantes que planteamos, es la actitud del orientador/a, equipo de atención terapéutica familiar (en nuestro caso), docente, educador/a y cualquiera que trabaje en este campo, olvide la posición de profesional técnico “salvador”.

Lo fundamental es fomentar la confianza, diluir los espacios de encuentro y eliminar las barreras entre experto y no experto. Hagamos intervenciones entre personas adultas, tomando un café, contándonos los problemas del día a día, olvidémonos de estructurar una intervención desde nuestro punto de vista, estamos para ayudar y que nos ayuden con sus hijos e hijas.

Los mejores vínculos se forman en reuniones distendidas, nos contamos nuestras inquietudes entre cervezas con nuestras amistades ¿porqué creemos que una madre o un padre se abrirá a nosotras si le esperamos en un despacho lleno de libros distanciados por una mesa enorme? A nadie le gusta sentirse infravalorado, todas las personas tenemos experiencia, todas podemos aportar.

Obviamente no nos podemos olvidar de incluir una intervención educativa en nuestra acción, pero ésta será motivada por el interés que tengamos por las personas, las ganas de poder aportar tu granito de arena para mejorar sus vidas, como nos gustaría que nos ayudaran a nosotras y nosotros. No perdamos de vista que somos personas y el resto no son usuarios y usuarias, son personas intentando vivir su vida lo mejor que saben.

En palabras de Cardús (2001):

Se trataría, en definitiva, de formar personas socialmente confiadas, autónomas, capaces de introspección, laboriosas y que sepan dotar de sentido a lo que son y hacen. Todo un programa para un proyecto de crecimiento familiar, (…) la vida familiar se convierte en una gran oportunidad para todos sus componentes, en un marco cuyos ingredientes fundamentales deben ser un clima de buen humor y una gran paciencia cargada de esperanza.

(Cardús, 2001: 102-103)

 

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