La dificultad de evaluar: un ejemplo práctico en el aula

Aunque aparentemente los principios a la hora de pasar a la valoración, de un programa o dinámica,  están bien delimitados y definidos sin dar pie a confusiones,  esto no siempre es así a la hora de aplicarlos en la práctica cotidiana. Como ejemplo ilustrativo, podemos tomar una dinámica que se realizó en clase hace unos días.

En esta dinámica se dividió al aula en dos grandes grupos y se les hizo entrega de una caja grande de palillos. Tras elegir a tres voluntarios de cada grupo para que actuaran de evaluadores (con ligeros matices en su rol),  y se les indicó una serie de normas:

–          Se disponía de cuatro minutos para que el grupo decida que figura o figuras se van a realizar

–          No se podía abrir la caja de los palillos hasta que se diera la orden de comenzar

–          Se disponía de diez minutos para la realización de la tarea.

–          Cuando finalizase el tiempo,  no podía quedar ningún palillo sobrante fuera de la caja.

A primera vista, nos puede parecer sencillo, pues pocas dudas quedan sobre qué es lo que exige la tarea; sin embargo, a la vista de las actuaciones de los grupos queda patente que nada más lejos de la realidad. Mientras que un grupo optó por la repetición de una única figura técnicamente compleja:

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El otro grupo, se organizó de forma que todos realizaran  diversas figuras desde la libertad de expresar sus propios gustos o intereses.

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Cuando se les pidió a los evaluadores que valoraran la ejecución de la tarea encontramos poco o ningún consenso. Mientras que uno valoraba la planificación del grupo, otro lo hacía con respecto a la intervención de todos  y cada uno de los miembros del grupo. Otro, lo hacía en función de la dinámica que se establecía y el clima del grupo y otro respecto a la cantidad y calidad de los resultados. Uno valoraba con 7, otro con 8,  y otro incluso con 10.

Esto nos lleva a reflexionar que, a la hora de exponer una tarea,  es sumamente necesario explicitar cuáles van a ser los criterios de la evaluación. Es un grave error, partir de la confianza en  el sentido común, asumiendo que todos compartimos los mismos principios. Como expone nuestro colega Miguel Ángel Santos en su blog (El Adarve), los procesos de evaluación y calificación llevan consigo una gran responsabilidad, dado el ejercicio de poder derivado de estos.

El profesor, como evaluador, no es una figura indiscutible e irrevocable, con un juicio sin objeción alguna posible. La evaluación es una interpretación sobre el proceso de aprendizaje del alumno, así, habrá profesores que evaluarían satisfactoriamente unos determinados resultados, mientras que otros no le otorgarían tanto éxito. De ahí los diferentes veredictos de los evaluadores en la práctica de los palillos.

Estamos de acuerdo en que la acción de evaluar presenta gran dificultad. Por ello, vemos conveniente recodar cual es objetivo derivado de la evaluación.  Entendemos que la finalidad  de evaluar es  verificar que el alumno ha aprendido un determinado concepto, competencia, destreza… derivado del proceso de enseñanza, aunque en ocasiones éste desarrolle su aprendizaje por medio de otras fuentes fuera del ámbito escolar.

Para eliminar esta situación de descompensación de poder entre profesor-alumno en la asignación de la calificación y favorecer  la comprensión y fijación de todos los  elementos que conforman la evaluación, establecemos como requisito fundamental propiciar la participación activa del alumnado en el proceso de evaluación. Con ello no se buscaría la mera acción de autoevaluarse y ponerse una nota por parte del alumno, sino, hacer consciente a éste del trabajo desarrollado, su actitud, sus conocimientos, su esfuerzo, etc. En definitiva, que valore si  ha aprendido o no.

Para ello, el diálogo es un elemento importante y clarificador durante el proceso de evaluación. Antes de evaluar es necesario establecer los elementos de elaboración de la tarea para así fomentar una mayor comprensión de la misma. Una vez  aclarado este estadio, vendría la presentación, estudio y aplicación de los criterios de evaluación; y por último, la justificación y consenso de los resultados. De este modo, consideramos que durante la práctica de los palillos no se establecieron los criterios de evaluación, dando por sentados que la comprensión de algunos aspectos de la tarea eran de sentido común por lo que no precisaban una aclaración más profunda. Aunque lógicamente esa era su intención como material ideado para favorecer una reflexión más intensa.

El diálogo y la discusión, producto de la activa participación del alumnado y profesor en el proceso de evaluación nos permitirá identificar los posibles errores u obstáculos que dificultarían el proceso de enseñanza-aprendizaje, como podrían ser: una definida metodología de enseñanza, dificultades en el aprendizaje o problemas fuera del ámbito intelectual como pudieran ser factores motivacionales.

Fomentar un clima de diálogo y la participación activa, en el aula, son elementos imprescindibles a la hora de realizar la acción evaluadora. Solo por medio del consenso de principios y criterios de evaluación, encaminados a la comprensión de la tarea, podremos ejercer nuestro criterio de calificación de la manera más justa y adecuada a las diferentes realidades o alumnos.

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Un pensamiento en “La dificultad de evaluar: un ejemplo práctico en el aula

  1. Me ha parecido muy interesante que hayáis puesto como ejemplo el ejercicio práctico que hicimos en clase con los palillos, yo tuve la suerte de poder participar esta práctica y efectivamente como bien habéis dicho a la hora de evaluar, los evaluadores se fijaban en aspectos diferentes y en función de eso ponían su puntuación. Pero, ¿creéis que así realmente se evalúa si se ha aprendido?
    Echo la vista atrás situándome a mi época de instituto y los únicos responsables de la acción evaluadora eran los propios profesores, en mi caso, no nos hacían participes del propio proceso evaluador. Ellos evaluaban en función de su criterio y al final ponían una puntuación que creían conveniente respecto a su criterio. Ni que decir tiene que no estoy de acuerdo, ya que pienso que quién mejor para verificar si se ha aprendido ciertos conocimientos, destrezas, etc en una clase que el propio alumnado mediante el diálogo, reflexión y participación activa guiado por el profesor.

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