“El mito de la diversificación”

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Creemos que referirse a la diversificación como tal es una falacia conceptual. Hablamos de una diversidad de grupos muy particular, pues el hecho de que haya más de uno no se debe a diferencias esperables que pueden existir entre los distintos grupos humanos, sino que hablamos de grupos mejores y peores. Consideramos que esto es contrario a los conceptos de integración o inclusión. Estos términos hacen referencia a la cohabitación de distintos alumnos con distintas capacidades o ritmos de trabajo dentro de un mismo aula. El fenómeno llamado diversificación propone crear un grupo nuevo con los excluidos del grupo principal por no ser lo bastante buenos.

Uno de los argumentos que justifican la diversificación es el hecho de que tenga un currículum menos exigente y más accesible para que puedan al menos acabar la secundaria. No obstante, se cumplirían los objetivos necesarios para terminar la ESO. En tal caso, pensamos que conviene plantearse esta pregunta: si resulta que el currículum estándar está lleno de contenidos que son prescindibles, y de hecho, son lo suficientemente numerosos como para generar  alumnado que no los adquieren, suficiente para formar una nueva clase, ¿por qué no se eliminan del currículum principal de dicho curso?

Y por otro lado, ¿qué hacen ahí esos contenidos?  Si la preparación de diversificación es suficiente para conseguir el título de la ESO y acceder a Bachillerato (asumiendo que pueden finalizarlo con éxito) quizá deberían estar todos los estudiantes de 4º ahí mismo, en diversificación. Puede ser también que la preparación de diversificación sea insuficiente para aprobar bachillerato pero se ha dado por hecho que esos alumnos no lo empezarán. Tal y como entendemos la filosofía de diversificación, se da por hecho que el problema está en los discentes. No parece haber iniciativa de analizar qué, cuánto o cómo se ha enseñado durante los primeros años de la ESO.

Sin embargo, y a pesar de que todos ellos preferirían estudiar menos, no es así. Basándonos en nuestra experiencia y nuestros recuerdos sobre diversificación, se nos ocurren dos motivos. Uno es que en diversificación acababan repetidores, alumnos problemáticos y aquellos que no tenían demasiada esperanza de éxito. Un entorno donde la gran mayoría del alumnado no quiere estar. En muchas ocasiones, los docentes presentan la clase de diversificación de la misma manera que presentarán los módulos más adelante. Una opción para aquellos a los que “no se les da bien estudiar”. Un ejemplo muy concreto y subjetivo, pero aún así, el que rige nuestros recuerdos sobre dicha cuestión. Lo que estaba claro, es que el profesorado esperaba muy poco de dicha clase. Sólo que acabasen la ESO, y con suerte, que hicieran un módulo. Lo cual parecía casi inexorablemente la continuación a estar en diversificación.

De tal manera que, como ocurre en el etiquetaje social, no es sólo la colocación de dicha etiqueta; está también la asunción de la misma. No es solo que la clase resulte indeseable para quien no quiere defraudar las expectativas de padres, profesores y otras personas adultas que orbiten a su alrededor. Además, los componentes de dicha clase suele cargar con el estigma de que no son tan capaces como los demás. Podemos citar a un compañero de los años de estudiante, tanto de diversificación como de módulo, a quien se preguntó “Si tanto te gusta la psicología, ¿por qué no haces bachillerato y entras a la carrera?” Respondió lo mismo que decían los profesores: “No se me da bien estudiar”.

Tal y como predica el  Efecto Pigmalión, la profecía se autocumple. Dado que no se trata de profecías aisladas sino más bien de profecías cíclicas, se establecen en esa población escolar como mitos. Entendemos el mito como algo que por más que se crea sigue sin ser cierto, y además, es colectivo. Uno de los más habituales es que el niño o la niña se ha echado a perder. En diversificación, o en módulo, ¿qué dirán sus padres? ¿Qué dirán las personas adultas  cercanas? No creemos que a ningún alumno o alumna le guste decepcionar a sus mayores más cercanos ni cargar con el fracaso estudiantil. Por eso, la diversificación y los módulos, no parecen ser tanto para alumnado que haya roto sus esquemas mentales sobre los estudios o se haya divorciado de las expectativas sociales. Más bien, están poblados mayormente por aquellos y aquellas que han asumido la derrota. El mito del fracaso, si es compartido por docentes, padres y madres de forma pasiva, dará lugar a una interpretación estructurada en el historial de esa familia. Según la mitología familiar de un alumno determinado (en la nombrada situación) sus padres podrían decir algo como: “Nuestro/a hijo/a no servía para estudiar. Se tuvo que ir a diversificación y después hizo un módulo por hacer algo. Los profesores ya lo decían. Él/ella tampoco ponía mucho de su parte, etc.”

Tenemos en mente el ejemplo de otra compañera que hizo diversificación. Los profesores les dijeron a sus padres que no serviría para hacer bachillerato. La cambiaron de colegio. Se sacó bachillerato sin repetir y la carrera de ciencias ambientales

En cualquier caso, es un error asumir que las limitaciones de un sistema o de quienes puedan regirlo sean también nuestras limitaciones. La mejor manera de evitar el etiquetaje social es no asumir la etiqueta. Una clase de diversificación, bajo nuestro criterio, es un hervidero de complejos y estigmas para minar el autoconcepto de las personas que la integran. Para que se consideren inferiores intelectualmente por no haber aprendido algo que aparentemente, y según la propia lógica de la diversificación, era innecesario.

Para terminar, nos gustaría destacar unas palabras de Freire que reflejan la idea que pretendemos transmitir a lo largo de este texto.

“Todos nosotros sabemos algo. Todos nosotros ignoramos algo.

Por eso, aprendemos siempre.”

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