La evaluación como herramienta de aprendizaje

Medir, calificar, diagnosticar, comprender, comprobar, reorientar, motivar, valorar… ¿Podemos decir que todos estos términos son sinónimos de evaluación? Quizás algunos más que otros se orientan hacia el camino de la misma, entendiendo evaluación (desde el ámbito profesional), como el medio que nos proporciona aprendizaje y reflexión de nuestro trabajo y prácticas educativas, pero nunca como vía de juicio de nuestros educandos.

Cuando hablamos de evaluar surgen varias discrepancias, como evaluación a través del diagnóstico, de la observación, el diálogo y la comprensión hacia quienes evaluamos, o por otra parte, se puede asociar evaluar con juzgar, calificar y sancionar, entre otros aspectos. Como profesional de la educación, ¿desde donde te posicionarías? Nosotras somos partidarias de una evaluación orientada hacia la detección de capacidades y necesidades de quienes evaluamos, donde no solo se tenga en cuenta a la persona sino a las influencias ambientales que recibe de su contexto. En este proceso, pueden estar inmersas miles de técnicas, ya sea la observación, el diálogo o cualquier otra relevante para nosotros, pero en este camino nunca se debe obviar el gran objetivo que pretendemos alcanzar a través de la evaluación: Mejorar.

En esta línea, hacemos referencia a M.A. Santos Guerra: “La evaluación puede concebirse y utilizarse como un fenómeno destinado al aprendizaje y no sólo a la comprobación de la adquisición del mismo. No es el momento final de un proceso y, aun cuando así sea, puede convertirse en el comienzo de un nuevo proceso más rico y fundamentado”.  En la mayoría de ámbitos en los que nos movemos, somos “evaluados” para medir nuestro rendimiento a través de pruebas, relacionándonos en su mayoría con un número y realizando evaluaciones finales y sumativas, que más bien podrían llamarse calificaciones. Todo esto nos hace estar sometidos a ansiedad y a una tensión constante por querer llegar al nivel exigido, y en consecuencia a la frustración personal si no lo alcanzamos. Evaluar no es precisamente esto. Para nosotras es una herramienta de aprendizaje, cuyo objetivo final no es la calificación numérica, sino alcanzar ese nuevo saber por parte no sólo de quien es enseñado sino de nosotros mismos, para ser capaces de pararnos a reflexionar sobre “qué hemos aprendido”, “qué tenemos que mejorar”,”con qué dificultades me he encontrado y como superarlas”.

Ahora bien, ¿cómo evaluamos a menores que están internados en centros cerrados? ¿Qué pretendemos con este proceso evaluativo en concreto?

Nuestro objetivo educativo en este contexto se fundamenta en ofrecer alternativas de vida, que proporcionen al menor nuevas herramientas y estrategias para poder llevar una vida sana y próspera en cualquier contexto. Para ello, debemos valernos de una evaluación inicial, procesual y final, orientada a:

1- Valorar la situación inicial del menor (problemas de estructura familiar, carencias socio-afectivas, tipo de conductas, estado de salud y posibles conductas adictivas…y todos aquellos aspectos que puedan a priori impedir la reinserción social del chico o la chica). También es importante conocer al menor en torno a sus potencialidades, gustos e intereses así como expectativas respecto a su vida: Formación, familia y trabajo. Para ello, podemos emplear una entrevista inicial con el menor una vez entren al centro para que nos ayude a guiar nuestra intervención.

Además, en esta etapa inicial, creemos conveniente que el menor se implique con un compromiso personal (a través de contrato comportamental) que implique la aceptación de evaluaciones mensuales a través de un sistema de comité formado por los propios educadores, que tengan en cuenta los informes semanales y partes diarios de comportamiento. Esto nos permitirá ir adecuando nuestro proyecto educativo y solucionar los problemas que vayan surgiendo.

2- Evaluación del proceso: Este proceso debe realizarse de forma objetiva y sistemática, sin ser sancionadora o controladora, sino que debe servir para comprobar los progresos del menor (que el mismo vaya siendo consciente) y la eficacia de nuestra actuación. Por ello, a nuestro modo de ver, una adecuada intervención sería que tras realizar las diferentes actividades se establezcan asambleas de la sesión, donde cada uno exponga qué ha aprendido y qué le gustaría haber tratado, así como posibles sugerencias para la próxima sesión. Se pretende que los jóvenes sean participes en el conocimiento de su propio aprendizaje. Asimismo, se irá valorando el progreso sucesivo en la vida diaria del centro, viendo posibles problemas, nuevas necesidades y avances. Por ejemplo, si se ha trabajado la alimentación saludable, se observará cómo aplican poco a poco ese nuevo conocimiento hasta que lo integren como suyo, propio, atendiendo a las dificultades que pueden producirse.

3- Evaluación de los resultados: Nos encontramos en la fase final del proyecto educativo. Esta fase debe enlazarse con la anterior, ya que durante todo el proceso debe haberse recogido información que valore de forma progresiva al menor. Es aquí cuando podrá contrastarse la situación inicial del joven con la actual, de forma que nos permita ajustar nuevas actuaciones y valorar si se encuentra en condiciones de comenzar a tejer una nueva vida, su vida.

Por último, cabe añadir que en todo este camino y trabajo se establecerá una metodología que permita tomar contacto y evaluar dentro de un clima de confianza, donde los jóvenes puedan expresarse en base a sus percepciones, creencias y expectativas. Nuestro objetivo es ir conociendo qué aspectos del proceso y resultados van teniendo mayor acogida en su interior y por qué, realizando además un proceso de autoevaluación en relación a la eficacia de nuestro programa educativo.

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La relación educativa: el diálogo pedagógico entre educador y educando.

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Cuando hablamos acerca de tratar con jóvenes internados en un centro de reforma, nos asaltan varias cuestiones de la que podemos destacar una, ¿cómo establecer una relación con ellos?

Mejorar la comunicación con los menores tiene que formar parte de la acción educativa del educador, ya que está relación comunicativa se traducirá en una relación para favorecer el cambio.

¿Qué queremos decir con esto? Cuando el educador interviene, lo hace intencionadamente, ya que esta relación tiene una finalidad previa y se centra, como dice J.M. Esteve (1997), “en la persona como objeto de la propia construcción”. Desde que nacemos, tenemos que crear un proyecto vital que tenga sentido, y en esta búsqueda personal la relación educativa nos une a otra persona que se ofrece en nuestro camino para compartir esta búsqueda.

El educador es quien ayuda al sujeto en su proceso de búsqueda del saber, y para ello J.M.Esteve enumera cuatro objetivos principales que ha de llevar a cabo cualquier educador en cualquier contexto en el que realice su labor educativa:

1. Ha de ayudarle a que se encuentre. El educando debe encontrarse a sí mismo, es decir, conocerse a sí mismo, saber quién es y cuál es su labor en el mundo.

2. Ayudarle a que se acepte. Lo primero que debe aceptar el menor es lo más elemental y objetivo como por ejemplo su físico, luego sus limitaciones cognitivas, emocionales…

3. Ayudarle a que se viva. El educador debe hacerle comprender al menor que es un ser individual e irrepetible, es único y tiene una vida que ha de vivir él sin dejar que nadie se la viva.

4. Ayudarle a que se construya. Los educadores no podemos consentir que el individuo se construya sobre algo que él no conoce.

El educador  es aquel que un día se encontró buscándose a sí mismo y decidió comprometerse a la tarea de ayudar a otros en su búsqueda tanto de sí mismo como del saber. Es el encargado de describir los valores del mundo y del saber sin olvidar que una relación educativa no puede darse sin autoridad. La autoridad en educación significa aceptar la influencia de otra persona porque consideramos que puede ayudarnos, servirnos de apoyo y ampliar nuestra visión de la realidad. En otras palabras, la autoridad hay que ganársela, y esto se consigue conociendo al otro, respetando su libertad y su dignidad, y teniendo predisposición y disponibilidad para crear estas relaciones.

Aunque parezca contradictorio, “autoridad” y “libertad” son conceptos que van de la mano, por eso la obediencia irracional deja de ser educativa ya que coarta la libertad y el sentido crítico de la persona. La forma de llevar a cabo el proceso de enseñanza aprendizaje sin dejar atrás los conceptos mencionados anteriormente es el diálogo educativo. Este diálogo constructivo reviste formas diversificadas según los niveles de conocimientos, según la naturaleza del mensaje, el tratamiento de la información que el individuo puede explicar. En este proceso el educador es guía y experimenta a su vez una influencia que entraña su propia evolución.

Por otra parte, B. F. Skinner concibe el proceso de enseñanza aprendizaje como una relación que va más allá del educador y el educando, “el proceso de enseñar – aprender se efectúa en un medio caracterizado sociológicamente, que sobrepasa el marco de la clase y de la escuela” es decir, que el adolescente, está recibiendo continuamente estímulos externos que forman parte del proceso educativo y contribuyen a su construcción personal.

En conclusión, podemos decir que nuestra capacidad de influir sobre los menores estará determinada por la importancia que le demos a estas relaciones y la credibilidad que tengamos para ellos. Pero tampoco podemos pretender crear estos vínculos de un día para otro, estos lazos son fruto del día a día, de aprender a escuchar, de ganarnos la confianza del otro mediante nuestros actos, y finalmente saber cuándo desaparecer porque nuestro educando es capaz de seguir solo, sin prolongar esa relación educativa más de lo necesario.

La paradoja de la reinserción en centros de internamiento: La justificación de un programa integrador en la educación en contexto cerrado.

El objetivo principal de los centros de reforma para menores es la reinserción social del menor con las herramientas necesarias para poder desenvolverse de forma sana y próspera en el ambiente social al que pertenece. No podemos obviar que una vez cumplida su sanción el menor volverá al mismo entorno que tenía antes de cometer la infracción o delito que provocase su ingreso en el centro, ni podemos pensar que sus condiciones familiares van a mejorar súbitamente sin un trabajo previo con el núcleo familiar. ¿Estarán preparados para enfrentarse a su propia realidad?

En numerosas ocasiones, se ha pretendido separar la aplicación de un programa de reinserción social de la propia sociedad, lo que resulta bastante paradójico. La fortaleza de nuestro programa reside precisamente en simultanear ambos procesos para que se pueda encajar dicha inserción social de la manera más normalizada posible. Se trata de ofrecer al menor las herramientas necesarias para introducirse en el contexto social de manera saludable y teniendo en cuenta diferentes alternativas de ocio que puedan paliar o suplir ciertos actos delictivos. Todo ello bajo la concepción de que el menor que comete un delito no siempre se comporta de manera intencionada, sino que se encuentra influenciado por otras personas de su entorno o por el simple desconocimiento de otras acciones en las que emplear su tiempo. Algo que, de no prevenirse, podría volver a afectar en su conducta una vez terminada su estancia en el centro.

Mafalda

Por tanto, vamos a llevar a cabo un proyecto para trabajar dentro del centro de menores. Basándonos para ello en el Art. 55.1, 2 y 3, dirigido a las medidas que favorezcan la resocialización del menor, con nuestro proyecto promovemos en los menores las salidas al exterior en compañía de un educador del centro. Estas salidas serán cada vez mayores para permitir la búsqueda activa de empleo y la reinserción paulatina en la sociedad. Los jóvenes pertenecientes a régimen semiabierto tienen estipuladas tales salidas, sin embargo, pretendemos ir más allá y conseguir que se extienda a los jóvenes internados en régimen cerrado. La responsabilidad de esta última decisión recae en manos del juez, no obstante a partir de la elaboración de informes de evaluación, pretendemos ofrecer unas pautas  sobre los méritos alcanzados por el menor tras la aplicación del programa que orienten o influyan sobre la decisión legal. Según el Art. 25. 2, por el que se regula el internamiento en régimen semiabierto, “La actividad o actividades que se realicen en el exterior se ajustarán a los horarios y condiciones establecidos en el programa individualizado de ejecución de la medida, sin perjuicio de que, en función de la evolución personal del menor, la entidad pública pueda aumentar o disminuir las actividades en el exterior o los horarios, siempre dentro del margen establecido en el propio programa.”

Teniendo en cuenta estas condiciones, se tratará de que el proceso educativo llevado a cabo en el centro dote al menor de las herramientas personales y sociales más eficaces posible antes de devolverle por completo las riendas de su vida.

Tras analizar la ley 5/2000 Art 7.1a y b hemos percibido que no quedan claras las condiciones educativas a las que se someten los menores ingresados en regímenes cerrados o semiabiertos, quedando únicamente expresas la realización de actividades dentro del centro para menores en régimen cerrado y la posibilidad de realizar salidas del centro los de régimen semiabierto. Por ello, el período de internamiento toma un carácter prioritariamente punible en vez de reformador o educativo.

La aplicación de nuestro programa no abarcará únicamente la duración estipulada, sino que incluirá una tarea de acompañamiento y asesoramiento positivo del menor que puede proseguir tras la ejecución del mismo. De manera que, aunque se pretenda que los destinatarios del programa logren la mayor autonomía posible, siempre se le ofrecerán vías de comunicación con los aplicadores del mismo para cualquier consulta que requieran en un momento determinado.

Pero, ¿qué ocurre una vez finalizado el programa? Para ello se tiene prevista la creación del programa “IGUALES´´, donde una vez finalizado el proceso de educación dirigida al menor, éste se convierte en parte del programa como voluntario de actividades, ayudando en las tareas educativas, y las tareas funcionales que requiera el programa educativo. Con esto, además de aportar una fuente de contacto directa con los monitores del programa, también se aporta al menor una ocupación que lo incluirá en un ambiente social saludable, con personas civiles que ocupan el rol de compañeros voluntarios. Así, se pretende corregir lo que consideramos una paradoja educativa que pretende llevar a cabo un proceso de reinserción de menores cuya conducta ha estado en contra de lo estipulado por la sociedad a través de la ley, fuera de la propia sociedad y, por ello, fuera del ámbito donde han de poner en práctica los conocimientos adquiridos.

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