¿Qué queremos decir cuando hablamos de “evaluación”?

En las siguientes líneas vamos a tratar de dar respuesta a esta pregunta centrándonos en cinco ideas principales. En primer lugar vamos a tener en cuenta la contextualización de la evaluación, para a continuación analizar la evaluación como acto de comunicación así como la evaluación basada en el consenso. Además comentaremos la diferencia entre calificación y evaluación y por último, reflexionaremos acerca de la importancia de la justicia y equidad en la evaluación y algunos efectos secundarios de ésta en el alumnado.

Para comenzar, nos gustaría señalar la siguiente afirmación que Santos Guerra nos ofrece sobre la evaluación:

Planteada de forma negativa, realizada en malas condiciones y utilizada de forma jerárquica, la evaluación permite saber pocas cosas de cómo se produce el aprendizaje y, pocas veces, sirve para mejorar la práctica y, desde luego, el contexto y el funcionamiento de las escuelas. (SANTOS GUERRA, 1995)

Dando respuesta a la pregunta sobre a qué nos referimos al hablar de educación,  debemos decir que nosotros basamos la evaluación según las características que defiende Santos Guerra (1995) en su obra “La evaluación un proceso de diálogo, comprensión y mejora” . Dichas características son: Independiente (que no está sometida o vendida al poder) y comprometida con unos principios y valores; el evaluador tiene que estar comprometido y no ser aséptico;  cualitativa y no meramente cuantificable; práctica y no meramente especulativa, es decir,  la finalidad debe ser mejorar; democrática y no autocrática; procesual y no meramente final; participativa, no mecanicista; colegiada no individualista;  y debe ser un proceso realizado en equipo, ya que si se hace en equipo existe el contraste y la pluralidad de enfoque.

Es importante, tener en cuenta varios aspectos clave a la hora de plantear una evaluación. Tal y como afirman Muzás, Blanchard, Jiménez y Melgar (2002) en el libro “Diseño de diversificación curricular en secundaria” debemos tener presentes algunas premisas como:

  • “Qué evaluar”: es necesario determinar unos criterios de evaluación desde las áreas, formulados como exigencias mínimas para el desarrollo de las capacidades.

  • “Cómo evaluar”: optar por unos procedimientos e instrumentos de evaluación que se adapten a las posibilidades y capacidades del alumnado, como por ejemplo actividades diarias de clase, unidades didácticas con finalidad evaluativa, etc.

  • “Cuándo evaluar”: deberíamos asegurar la existencia de una evaluación inicial, una evaluación formativa y una evaluación final.

A la hora de llevar a cabo la evaluación es elemental compartir un código de comunicación en las relaciones humanas, para realizar cualquier acción, aún más si hablamos de los procesos educativos. Para ello podemos utilizar dinámicas como la de la “La letra T”, en la que se reparten piezas de un puzle a dos personas, a una se le ofrece el puzzle montado en forma de T y a otra desmontada. La persona que tiene el puzle montado ha de explicarle a la otra solo de forma oral cómo armar su puzle, pero hay un problema, las piezas de los puzles no son del mismo color por lo tanto no tienen un código de comunicación común para armar el puzle, a pesar de tener la misma forma. Aquí nos damos cuenta de la importancia que tiene compartir el código de comunicación.

En el caso de la evaluación, los profesionales que han de hacerla tienen que compartir el código, tienen que llegar a un consenso sobre lo que quieren decir cuando hablan de evaluación, para llegar a un buen puerto. Normalmente, cuando se habla de evaluación los profesores la interpretan como un proceso de medida para ejercer su control hacia el alumnado, y el alumnado la considera una herramienta de presión. Tal y como se observa en la cita que inicia este post, la evaluación es un arma muy poderosa, pero al malinterpretar su uso en lugar de ser un medio para mejorar la práctica educativa, el contexto o el funcionamiento de la escuela, se convierte en una herramienta de control. Esto hace que tanto alumnado, profesorado y familias sientan recelo al oir hablar de un proceso de evaluación. En los centros educativos actuales parece que el docente da más importancia a la educación como una forma de controlar, como una forma de establecer las normas. De manera que los alumnos sólo piensan en superar las asignaturas, además, cuando de su nota dependen otros factores como la matrícula, la beca, etc., se incrementa un valor más al triángulo, las presiones del sistema. Cada persona debe ser consciente del valor que tiene aquello que aprende, más allá de las calificaciones que se obtenga. La interpretación de la evaluación que hagan los agentes educativos dependerá de los códigos que se usen para comprenderla, es sobre ellos donde recae la responsabilidad de darle más importancia al valor de uso o al de cambio.

Al igual que la mayoría de decisiones que tomamos en la vida, la evaluación también depende mucho de cada persona, siendo por tanto, en muchos casos, una acción subjetiva que depende del consenso de todos los agentes de la comunidad educativa. Tanto el profesorado como alumnado y familias están en el mismo equipo, por lo que se debe tratar de compartir los criterios para comprender la evaluación de la misma forma, diferenciando evaluación de calificación, ya que esta última sirve para seleccionar, comparar y medir, no para mejorar. Con de mejorar, nos referimos a avanzar con respecto a nosotros mismos no con respecto a los demás.En este punto es necesario dejar clara la diferencia entre la evaluación y la calificación. Cuando hablamos de calificación nos referimos a una puntuación, a una medida que nos demanda la administración por imperativos legales y por unas trayectorias culturales que tenemos interiorizadas. Sin embargo, la evaluación es mucho más, es un seguimiento continuo del proceso de enseñanza-aprendizaje del alumno/a, y es este seguimiento, esta evaluación, la que también nos sirve para poder llevar a cabo una calificación. La tarea de evaluar al alumnado a través de una evaluación continua, requiere de más tiempo y dedicación por parte del profesorado que la calificación. En ocasiones el docente no dispone de la formación y de las herramientas necesarias para realizarla, por ello cuando no consigue llevarla a cabo se frustra y acaba repitiendo ese proceso de calificación, el cual ha tenido presente desde sus vivencias como alumno/a.

Para hablar de mejora, en este caso, la opinión de las familias es fundamental. No debemos olvidar el gran papel de éstas en relación con la educación del alumnado de diversificación. La información que las familias nos puedan dar con respecto a sus hijos/as y a sus hábitos de estudio es elemental a la hora de realizar una evaluación completa y procesual.

Además, hay otros aspectos a tener en cuenta cuando intentamos evaluar, una idea interesante es la justicia y la equidad, ¿Significan lo mismo ambos términos? ¿Qué les diferencia? Cuando hablamos de evaluación si abogamos por la justicia deberíamos dar lo mismo a todos, para no beneficiar a unos y perjudicar a otros, pero ¿podemos hablar de justicia en educación? En cambio, si hablamos de equidad estamos haciendo referencia a que todos tengan las mismas posibilidades, dar el empujoncito necesario a cada uno de los alumnos, en este caso la evaluación solo intenta igualar las condiciones de partidas. Por lo que podríamos decir que la evaluación ha de hacerse en función a uno mismo, valorando el trabajo realizado dentro de sus posibilidades, pero eso no facilita la labor, la dificulta más si cabe. Para que esto se dé es necesario que el docente no sólo posea todo el conocimiento, sino que además sea capaz de analizar la información que tiene en su mano, extraer lo importante y transmitirla.

Por otro lado, hay algunos efectos secundarios en la evaluación como el Efecto Pigmalión o de Profecía auto-cumplida, basada en que si le hacemos creer a alguien que es capaz de hacer algo finalmente será capaz de hacerlo aunque, en un principio, no tenga las herramientas para ello. El problema es que este efecto también funciona al contrario, en situación en las que personas son totalmente capaces de llevar algo a cabo y no lo consiguen porque se les ha hecho creer que no podrían. Esto es lo que en muchas ocasiones sucede en diversificación, si los docentes etiquetan al alumnado con ciertas carencias y no le anima a esforzarse, las familias y el mismo alumnado creerá que no es capaz de lograrlo, acomodándose a conseguir lo mínimo aún pudiendo alcanzar mucho más. Por ello, todos los agentes educativos deben apoyar al alumnado, ofreciéndoles herramientas para que potencien sus capacidades, sin necesidad de llevarlos al ‘aula de diversificación’ donde se pueden sentir excluidos.

Además, en el libro “Las ranas y el efecto Pigmalión” se habla del proceso de enseñanza-aprendizaje como un proceso de ayuda mutua. Es decir, tanto alumnos/as como profesores forman parte del proceso y pueden aprender los unos de los otros, para enriquecerse y mejorar cada día como personas y como profesionales. La evaluación forma parte de ese proceso de enseñanza-aprendizaje, por lo tanto, debemos llevarla a cabo de forma conjunta como una herramienta de mejora y enriquecimiento mutuo.

LA FAMILIA COMO AGENTE EDUCATIVO EN LA ESCUELA

En este artículo queremos plantear la necesidad y a la vez la dificultad de establecer un vínculo entre las familias del alumnado y el propio centro educativo. En primer lugar, la comunidad educativa, de manera general, sólo cuenta con los padres y madres para  dos momentos puntuales: “tu niño va mal” o “tu niño va bien”.

Un artículo de Silió (2012) El País refleja la realidad sobre la participación de las familias en la escuela:

Según el estudio La participación de las familias en la escuela pública (2008), de Jordi Garreta para la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (Ceapa), algo más de la mitad de las familias (el 57,5%) pertenece a la asociación. Pero a partir de ahí todo son cifras decrecientes: van a las actividades un 32%, a las reuniones un 18,3% y a la engorrosa organización un pírrico 4%. Tradicionalmente, en primaria la implicación en las AMPAS es mayor (…). Pero en secundaria a los padres les suele preocupar casi solo la evolución académica del niño.

¿Es esta interacción suficiente? ¿Es lógico que en la acción educativa esté ausente el pilar básico de un adolescente? Está claro que si hablamos de un grupo “normativo” y “que no da problemas”, la respuesta es muy fácil, familia y escuela orientan en la misma dirección y no existen discrepancias entre el mensaje de ambos agentes.

Incluso en este caso, la familia no participa en el entorno escolar y nos estamos perdiendo una gran experiencia enriquecedora.

Nuestra ética profesional debe obligarnos a intentar un acercamiento con el máximo de familias posibles, doblando nuestros esfuerzos a aquellos casos que sean menos accesibles. Para tratar con familias que tienen características determinadas, escaso interés en participar en la escuela y problemas “mucho mayores que atender a sus hijos e hijas” debemos desarrollar estrategias que nos permitan el éxito de esta interacción.

Una de las cosas más importantes que planteamos, es la actitud del orientador/a, equipo de atención terapéutica familiar (en nuestro caso), docente, educador/a y cualquiera que trabaje en este campo, olvide la posición de profesional técnico “salvador”.

Lo fundamental es fomentar la confianza, diluir los espacios de encuentro y eliminar las barreras entre experto y no experto. Hagamos intervenciones entre personas adultas, tomando un café, contándonos los problemas del día a día, olvidémonos de estructurar una intervención desde nuestro punto de vista, estamos para ayudar y que nos ayuden con sus hijos e hijas.

Los mejores vínculos se forman en reuniones distendidas, nos contamos nuestras inquietudes entre cervezas con nuestras amistades ¿porqué creemos que una madre o un padre se abrirá a nosotras si le esperamos en un despacho lleno de libros distanciados por una mesa enorme? A nadie le gusta sentirse infravalorado, todas las personas tenemos experiencia, todas podemos aportar.

Obviamente no nos podemos olvidar de incluir una intervención educativa en nuestra acción, pero ésta será motivada por el interés que tengamos por las personas, las ganas de poder aportar tu granito de arena para mejorar sus vidas, como nos gustaría que nos ayudaran a nosotras y nosotros. No perdamos de vista que somos personas y el resto no son usuarios y usuarias, son personas intentando vivir su vida lo mejor que saben.

En palabras de Cardús (2001):

Se trataría, en definitiva, de formar personas socialmente confiadas, autónomas, capaces de introspección, laboriosas y que sepan dotar de sentido a lo que son y hacen. Todo un programa para un proyecto de crecimiento familiar, (…) la vida familiar se convierte en una gran oportunidad para todos sus componentes, en un marco cuyos ingredientes fundamentales deben ser un clima de buen humor y una gran paciencia cargada de esperanza.

(Cardús, 2001: 102-103)

 

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